El Expansionismo en la Historia de Estados Unidos

El expansionismo en la historia de Estados Unidos desde sus inicios y hasta principios del siglo XX. Antecedentes del sueño imperial.

Autora: Yaima Puig Meneses

 Profesor: Dr. Néstor García Iturbe

 Instituto Superior de Relaciones Internacionales “Raúl Roa García”

 Trabajo Final Curso de Postgrado “Introducción al Estudio de Estados Unidos de América” 2011

ANTECEDENTES DEL SUEÑO IMPERIAL

Disimulado en ocasiones y más evidente en otras, no obstante, lo cierto es que, hablar de expansionismo en la política exterior de los Estados Unidos de América, es como hablar de su propia historia.

Apenas eran un puñado de pueblos —todavía sin libertad—, y ya “pensaban” en cómo llegar más allá de sus fronteras territoriales. Desde época tan temprana como 1767 , ya Benjamín Franklin veía a Cuba y a México situados “en la boca del Mississippi”, y por tanto, como parte del Norte en embrión . De ahí que nada tuviera de casual el desarrollo posterior en la forma de ver sus asuntos internacionales o cómo se manifestaban ante la presencia europea en nuestro Continente.

Incluso mucho antes de que se formulara la Doctrina del Destino Manifiesto , ya “los del Norte” se expandían del primigenio territorio de las Trece Colonias. Otra temprana muestra de su creciente vocación expansionista tuvo lugar en 1778, apenas un par de años después de la Declaración de Independencia. Para esa época, John Adams exigió la conquista de Canadá, Nueva Escosia y Florida, al tiempo que manifestó: “Nuestra posición no será nunca sólida hasta que Gran Bretaña no nos ceda lo que la naturaleza nos destinó a nosotros o hasta que nosotros mismos no le arranquemos esas posesiones (…)”. No solo lograron mantener su independencia entre las aspiraciones de las potencias europeas, si no que además, aumentaron sus territorios a expensas de ellas, sobre todo de Francia y España. Fue así que en 1803, aprovechándose de la difícil situación económica en la región europea, le compraron a Francia la Luisiana, con lo cual prácticamente se duplicó el territorio de los Estados Unidos. Igualmente, beneficiándose de que España se encontraba en guerra, entre 1810 y 1819, obtienen la Florida Occidental y luego la Oriental. Nada parecía detenerlos en su propósito expansionista: una de sus fortalezas como nueva potencia, radicaba en que ningún otro país del Continente tenía entonces la suficiente fortaleza como para contener sus ambiciones expansionistas. De esta forma, según se consolidaban como nación, aumentaba su poderío mundial. Irónicamente, la palabra defender y sus supuestos intereses proteccionistas para con el resto de los países de América, comenzaron a ser una constante en cada nuevo paso dado por el naciente imperio. ¿Pretextos? ¿Simulación? ¿Oportunismo? ¿América realmente para quién? ENTRAR, CON O SIN PERMISO Como un momento definitorio en la política exterior de los Estados Unidos, califican numerosos autores la proclamación de la Doctrina Monroe por el Presidente James Monroe en su famoso mensaje al Congreso el 2 de diciembre de 1823. “América para los americanos”, sería la esencia de esta doctrina encaminada a delimitar la intromisión de las potencias europeas en el hemisferio, con lo cual el camino quedaba completamente limpio para su desarrollo expansionista. ¿Qué fundamentos sustentan dicha premisa? Primeramente, sería oportuno definir que cuando el Presidente Monroe se refiere a América, no hace alusión solo al área que ocupa su país, sino que incluye a todo el Continente. Asimismo, la frase para los americanos, no es para las personas que habitan en el Continente, sino para los propios norteamericanos. Por ello, “América para los americanos” en la práctica se traduce en “América para los norteamericanos”. Haciendo gala de sus buenas intenciones, Estados Unidos define como elemento rector de la Doctrina Monroe el principio de no intervención, con lo cual, supuestamente garantizaban el respeto a la soberanía de los países latinoamericanos para que no fueran víctimas de la influencia o el desenfreno de las potencias europeas. Otra muestra de las aspiraciones expansionistas, la constituye la aplicación de la Política de la Fruta Madura proclamada en abril de 1823 por el entonces secretario de estado John Quincy Adams . A través de dicha política, los Estados Unidos consideraban que las islas de Cuba y Puerto Rico, debían estar en sus manos por la cercanía geográfica a su territorio: “Estas islas [de Cuba y Puerto Rico] por su condición local, son apéndices del Continente Americano, y una de ellas, la isla de Cuba, casi a la vista de nuestras costas, ha venido a ser de trascendental importancia para los intereses políticos y comerciales de nuestra Unión.” Sustentado en tales aspiraciones, Quincy Adams plantea además que: “[…] hay leyes de gravitación política como las hay de gravitación física, y así como una fruta separada de su árbol por la fuerza del viento no puede, aunque quiera, dejar de caer en el suelo, así Cuba, una vez separada de España y rota la conexión artificial que la liga con ella, e incapaz de sostenerse por sí sola, tiene que gravitar, necesariamente hacia la Unión Norteamericana, y hacia ella exclusivamente, mientras que a la Unión misma, en virtud de la propia ley, le será imposible dejar de admitirla en su seno.” Así, se convertía Cuba en una pieza codiciada para concretar el sueño imperial del expansionismo. Numerosos y diversos documentos atesora la historiografía en los cuales se manifiestan las apetencias norteamericanas sobre el territorio cubano durante el siglo XIX. No por casualidad el Presidente James Monroe consideraba que agregar a Cuba era lo que necesitaban los Estados Unidos para que la nación americana alcanzara el mayor grado de interés. “Siempre la miré como la adquisición más interesante para nuestro sistema de estado” , decía. Luego de la Doctrina Monroe, Estados Unidos comenzó a desarrollar la filosofía conocida como Destino Manifiesto, con la cual pretendía justificar la manera en que por “designación divina” se había decidido su papel y lugar en el mundo, así como la forma en que debían relacionarse con otros pueblos. Numerosos documentos consultados, hacen referencia a que la frase “destino manifiesto” es mencionada por primera vez en un artículo de la revista Democratic Review de Nueva York, de John L. O’Sullivan, en 1845. En dicho artículo, O’Sullivan manifestaba que “(…) el cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el desarrollo pleno de sus capacidades y el crecimiento que tiene como destino”. Así, la Doctrina del Destino Manifiesto, expresa la creencia de que los Estados Unidos de América están destinados por la providencia para expandirse desde las costas del Atlántico al Pacífico, premisa que sería esgrimida por ellos para justificar numerosas adquisiciones territoriales. Los partidarios de esta Doctrina no solo consideraban que la expansión era buena, si no además, obvia. Al mismo tiempo, argumentaban que la divina providencia había escogido y conducido especialmente al pueblo norteamericano para desarrollar un tipo elevado de libertad y civilización. Incluso, hay quienes consideran que tales pensamientos se manifestaron mucho antes y se sitúan en las más antiguas tradiciones estadunidenses. Según Laura Garza Galindo , en un artículo publicado el 31 de mayo de 2003 en el periódico La Jornada, de México, los puritanos europeos que en 1620 llegaron a América en el Mayflower , redactaron y firmaron un documento que muchos autores consideran como el primer texto constitucional americano y la semilla del gobierno de Estados Unidos: “Nosotros, los abajo firmantes, pactamos y concertamos para elaborar y construir aquellas justas leyes, ordenanzas, actos, constituciones y cargos que en el curso del tiempo se consideren más adecuados y convenientes para el bien general de la colonia.” Ello contribuyó a propagar la convicción de que la “misión” que Dios otorgó al pueblo estadunidense, fue la de explorar y conquistar nuevas tierras con el fin de llevar a todos los rincones la “luz” de la democracia, la libertad y la civilización, afirma Garza Galindo. Tales fundamentos, tienen total concordancia entonces, con los presupuesto esgrimidos siglos después mediante el Destino Manifiesto. Bajo esta doctrina los Estados Unidos arrebataron a México los territorios de Texas y California en 1845; igualmente invaden este país en 1847 hasta despojarlos de Colorado, Arizona y Nuevo México; asimismo, se apoderan de Nevada, Utah y parte de Wyoming. De esta forma, a finales del siglo XIX, Estados Unidos hacía cada vez más evidentes sus propósitos de no conformarse con el espacio que le había quitado a los indígenas, si no que poco a poco, extendía su territorio desde la costa americana del océano Atlántico, hasta las playas del Pacífico. Como un breve resumen, pudiéramos mencionar que durante el siglo XIX los Estados Unidos de Norteamérica violaron los derechos, amenazaron y agredieron en América Latina y el Caribe a: México, Colombia, Argentina, Perú, Nicaragua, Paraguay, Uruguay, Chile, Brasil, República Dominicana, Puerto Rico, Haití, Panamá y Cuba. En África, Asia y Europa a: Libia, Argelia, Grecia, Sumatra, Islas Fidji, Samoa, Japón, Angola, Corea, Hawai y Egipto. Una extensa lista que con el paso de los años, lamentablemente, han continuado incrementando. NUEVOS SIGLOS, PERO IGUALES TENDENCIAS Tiempo después, y como complemento de la Doctrina Monroe, en 1904 el Presidente Theodore Roosevelt ideó el Corolario Roosevelt. Mas, a ciencia cierta, no es esta una nueva manifestación expansionista, el Corolario es sencillamente más de lo mismo de la Doctrina Monroe: ahora Estados Unidos considera a América Latina como agencia para expandir sus intereses comerciales en la región, a lo cual unen el propósito original de mantener la hegemonía europea fuera de nuestro hemisferio. También el Corolario Roosevelt habla de la no intervención y reclama para los Estados Unidos el derecho de hacerse responsable por el orden del Continente Americano. Sin embargo, en este caso, el Presidente Roosevelt afirmaba que si un país latinoamericano, situado bajo la influencia del suyo, amenazaba o ponía en peligro los derechos o propiedades de ciudadanos o empresas estadounidenses, el gobierno norteamericano tenía la obligación de intervenir en los asuntos internos de dicha nación para reordenarla, restableciendo los derechos y el patrimonio de su ciudadanía y sus empresas. De esta forma, el corolario supuso, en realidad, una carta blanca para la intervención de Estados Unidos en América Latina y el Caribe cuando lo estimara conveniente, y en él se planteaba que: “Si una nación demuestra que sabe actuar con una eficacia razonable y con el sentido de las conveniencias en materia social y política, si mantiene el orden y respeta sus obligaciones, no tiene porque temer una intervención de los Estados Unidos. La injusticia crónica o la importancia que resultan de un relajamiento general de las reglas de una sociedad civilizada pueden exigir a fin de cuentas, en América o fuera de ella, la intervención de una nación civilizada y, en el hemisferio occidental, la adhesión de los Estados Unidos a la doctrina de Monroe puede obligar a los Estados Unidos, aunque en contra de sus deseos, en casos flagrantes de injusticia o de impotencia, a ejercer un poder de policía internacional.” Bajo tales argumentos la lista de intervenciones continuó incrementándose, sin dejar nunca de argumentarlas con esa fuerza superior del destino que debía conducirlos a asumir el papel de protectores, lo cual sencillamente servía para enmascarar sus verdaderos intereses hegemónicos e injerencistas. Sin embargo, con la concreción de la política del Gran Garrote o Big Stick, Estados Unidos legitimó el uso de la fuerza como un recurso para defender sus intereses, lo cual resultó en numerosas intervenciones políticas y militares en el Continente bajo el pretexto de que los gobiernos locales eran incapaces de resolver sus asuntos internos. Así, semejante “discapacidad” les otorgaba el derecho de “proteger” a los ciudadanos y entidades estadounidenses sin importar el costo. Por ello, el Presidente Roosevelt manifestaba que si los desórdenes internos de las repúblicas latinoamericanas constituían un problema para el funcionamiento de las compañías comerciales estadounidenses establecidas en dichos países, los Estados Unidos debían atribuirse la potestad de “restablecer el orden”, primero presionando a los caudillos locales con las ventajas que representaba gozar del apoyo político y económico de Washington —“hablar de manera suave”–, para luego recurrir a la intervención armada —el “Gran Garrote”– en caso de no obtener resultados favorables a sus intereses militares. Ejemplo de la aplicación de la política del Gran Garrote contra las naciones de América Latina lo constituye el apoyo dado por el gobierno estadounidense a la independencia de Panamá en 1903, cuando el gobierno Colombiano rechazó la propuesta de Roosevelt para construir el Canal de Panamá. Recordemos pues, que en esa época el territorio de Panamá pertenecía a Colombia y los norteamericanos utilizaron las ansias de independencia del pueblo panameño para incentivarlo a sublevarse. Poco había ocultado el gobierno estadounidense su interés en la construcción de un canal interoceánico en el istmo y al mismo tiempo adquirir los derechos que desde finales del siglo XIX tenía una compañía francesa para su construcción. Es así que en noviembre de 1903 intervienen en la guerra en la cual decidieron la independencia panameña a cambio de controlar las tierras donde se construiría el canal. A partir de entonces, aunque Panamá rompió su dependencia de Colombia, cayó bajo la dominación norteamericana. Una vez más las garras estuvieron prestas al primer zarpazo y la creación del canal les posibilitó además, controlar el comercio entre el Atlántico y el Pacífico. Apenas un breve recorrido por aspectos fundamentales de su primigenia política exterior, nos permite corroborar que nada de casual tienen sus actuales tendencias de intromisión en los asuntos soberanos de otras naciones o sus anhelos hegemónicos e injerencistas. Poco ha cambiado la política exterior de los Estados Unidos con el paso de los siglos, lo que realmente ha sucedido es un reacomodo de la misma, lo cual les ha permitido adaptar sus mecanismos, políticas y doctrinas en dependencia de las circunstancias y con ello sustentar las bases del más recurrente sueño imperial: expandir su poderío más allá de las fronteras territoriales. Bibliografía 1. Blum, William. Estado Villano: Una guía sobre la única superpotencia del mundo. Casa Editora Abril, La Habana, 2005. 2. “Conflicto Estados Unidos-Cuba”. http://www.uh.cu/infogral/areasuh/defensa/diferendo.htm. [Consultado el 4 de enero de 2012]. 3. D´Estefano Pissani, Miguel. Del Monroísmo al Latinoamericanismo. Política Internacional, Volumen I. La Habana, 2003. 4. ———————————-. Historia del Derecho Internacional, desde la antigüedad hasta 1917. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1985. 5. El Diferendo Estados Unidos-Cuba. Editorial Pueblo y Educación. 6. Emmerich, Norberto. “Política exterior de EE.UU.” http://www.inisoc.org/norbeu.htm. [Consultado el 2 de noviembre de 2010] 7. Foner, Philip. Historia de Cuba y sus relaciones con Estados Unidos, Tomo I. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1973. 8. Fraga González, Miguel Manuel. “Los Estados Unidos de América: La Falacia del Aislacionismo o la Diplomacia del Oportunismo”. En publicación: Boletín Electrónico, no. 6. ISRI, Instituto Superior de Relaciones Internacionales Raúl Roa García, La Habana, Cuba. Septiembre-Octubre. 2004. [Consultado 29 de octubre de 2012]. 9. Garza Galindo, Laura Alicia. “El Destino Manifiesto”. http://www.jornada.unam.mx/2003/05/31/018a2pol.php?origen=index.html&fly=2. [Consultado el 29 de octubre de 2010]. 10. González Gómez, Roberto. Política Exterior de Estados Unidos de América: Doctrinas y Dilemas. Instituto Superior de Relaciones Internacionales “Raúl Roa García”, 1988. 11. Guerra, Ramiro. La expansión territorial de Estados Unidos. Editorial de Ciencias Sociales, 1963. 12. Muñoz Mosquera, Andrés B. “Política exterior de los Estados Unidos”. http://www.monografias.com/trabajos2/peusa/peusa.shtml. [Consultado el 29 de octubre de 2010]. 13. Rodríguez, Dagoberto. Historia de Estados Unidos. Selección de Lecturas. Editorial Félix Varela, La Habana, 2003. 14. Zinn, Howard. La otra historia de los Estados Unidos. Editorial de Ciencias Sociales, La Haba, 2004.

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3 comentarios para “El Expansionismo en la Historia de Estados Unidos”

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